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Las Bases de la Fe (Spanish Basics)

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Lección 3-1:

La Carrera—La Vida Cristiana___________

Hebreos 12:13
1 Corintios 9:24-27

Tres años antes de la destrucción de Jerusalén bajo el mando de Tito el Romano, un autor desconocido escribió una carta de advertencia para prevenir y alentar a los creyentes hebreos en esa ciudad. En un momento de inminente crisis nacional, el escritor les recuerda que la única seguridad radica en una orientación individual hacia el plan de Dios y en la búsqueda y cumplimiento del mismo.

En Hebreos 12 compara la vida cristiana con una carrera y a los cristianos con atletas que, si quieren sentir el éxtasis de la victoria, tendrán que soportar la agonía del entrenamiento para luego correr la carrera.

Dios ha puesto delante de cada creyente una carrera para correr, un destino personal dentro de Su plan. Nadie cumple su destino por accidente; requiere disciplina, persistencia y estar enfocado en la meta para ganar la carrera.

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos... (HEB 12:1)

El estadio deportivo de la antigüedad tenía la forma de una herradura, para que los espectadores pudieran ver toda la carrera desde su comienzo hasta el final.

La palabra "nube", que viene de nephos, significa "una multitud innumerable". La imagen mental que genera es una masa nebulosa, irregular, que cubre el cielo. En los coliseos como el "Circus Maximus" de Roma, con capacidad para 200.000 personas, los concurrentes se veían como nubes irregulares a los ojos de los atletas en el campo. Pero, aunque no podían ver con claridad a los espectadores, sí podían escuchar el sonido de sus ovaciones.

La frase "en derredor" es el participio medio presente de perikeimai, una palabra que puede significar "atar o rodear" y, en este caso, significa "rodear y apoyar", como lo hacían las multitudes que rodeaban y apoyaban con sus aclamaciones a los atletas en el estadio.

Por el contexto sabemos que esta nube de testigos incluye los héroes de la fe listados en Hebreos 11. Estos grandes creyentes llenan las gradas en la dimensión espiritual y observan nuestra carrera. Y no están solos; los acompaña cada creyente que ha vivido, todos los hombres, mujeres y niños que ya han terminado su carrera, habiendo tenido una fe aprobada por Dios. Esta multitud incontable, constantemente nos vitorea para que sigamos hasta terminar nuestra carrera con honra e integridad.

Nosotros, los atletas en el campo de juego, no podemos ver sus rostros, pero podemos oir sus ovaciones que nos llegan como un eco de las páginas de las Escrituras y de los relatos de sus vidas. Al estudiar la Palabra y la historia de la Iglesia, cada uno de nosotros encuentra personajes con los cuales nos identificamos en una manera especial, gente que enfrentó dificultades, tribulaciones, tentaciones similares a las nuestras, creyentes que tenían debilidades similares a las nuestras. Nos identificamos naturalmente con estas personas, y sus vidas nos alientan en una forma especial.

Tenemos toda la razón para creer que ellos se identifican con nosotros y que se interesan especialmente por nosotros. Tienen un interés auténtico en cómo corremos nuestra carrera porque ahora ven desde una perspectiva perfecta. En el instante de Su muerte, cuando vieron el rostro de Jesucristo, tuvieron un conocimiento absoluto de lo que es importante y de lo que no es. Ahora pueden ver qué carentes de valor son todas las trivialidades que nos distraen de nuestra carrera. Saben que lo único que importa en el tiempo y en la eternidad es que Jesucristo sea glorificado.

... despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia... (HEB 12:1)

La palabra "despojémonos" es apotitemi. Significa "quitar, hacer a un lado", como cuando uno se quita una prenda de vestir, y "peso" es ogkos, "peso excesivo, bulto". Ogkos también se puede referir a la gordura del cuerpo o a algo externo. Los atletas griegos, cuando entrenaban, acostumbraban correr usando pesas. En cualquier caso, la idea es que si queremos ganar tenemos que correr sin trabas.

 

 

La Vieja Naturaleza Pecadora

Nuestra naturaleza pecadora, como nuestras impresiones digitales, son absolutamente sin iguales aunque comparten básicamente la misma estructura. Cada naturaleza pecaminosa se compone de áreas débiles, áreas fuertes, áreas de lascivia y tendencias básicas.

En las áreas de nuestras debilidades, cada uno de nosotros se siente atraído a ciertos tipos de pecados; algunos, a pecados de actitud mental, algunos a pecados de la lengua y algunos a pecados manifiestos,

En el área fuerte, cada uno se siente atraído hacia ciertos tipos de obras para bien humano. Nos sentimos tentados a confiar en las características positivas del carácter humano que dominan nuestra personalidad. Estos puntos fuertes de carácter no son malos en sí, pero pueden ser tropiezo sí confiamos en ellos en lugar de confiaren el Espíritu Santo y la Palabra de Dios. Separadamente del control del Espíritu Santo, nuestros puntos fuertes no pueden producir nada aceptable a Dios porque "bien" sin Dios, "bien" que no reconoce la necesidad de Dios, es malo.

Nuestras lascivias son tan individuales como nuestras debilidades y nuestros puntos fuertes. Algunos ansían dinero, otros poder, otros la fama y otros el sexo.

Hay sólo dos tendencias básicas en la naturaleza pecadora, una será la dominante y otra la subordinada. Una es hacia el asceticismo, que conduce al legalismo; la otra es hacia la lascivia que conduce a la anarquía.

De estas dos pueden formarse una infinita variedad de mezclas y manifestaciones. Por ejemplo, un ascético con una debilidad por los pecados mentales probablemente juzgue a la persona libertina que cae en pecados manifiestos. El hombre libertino puede ver el engreimiento del ascético y caer él mismo en pecados mentales al despreciar lo que considera hipocresía. La persona que ansia poder y tiene la debilidad de pecar con la lengua puede tratar de escalar destruyendo a otros con la crítica y la maledicencia. Otra persona con la misma ansia, pero con una debilidad de pecados de actitud mental puede que nunca diga una palabra amarga y, por lo tanto, parezca mejor. Pero para Dios, el único que ve los corazones de los hombres, ambos son igualmente culpables.

En Lucas 21:34 el Señor lo ilustró cuando les dijo a los discípulos que estuvieran en guardia para que sus corazones no "se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida". Les prevenía de los peligros muy reales de distraerse de su misión debido a cosas temporales.

El autor de Hebreos nos exhorta a cada uno a que dejemos a un lado el pecado que nos asedia, literalmente el pecado que tan fácilmente nos atrapa, en el que tan fácilmente nos enredamos. Reconoce aquí un principio muy básico de la naturaleza del pecado. Todos somos diferentes. No hay dos personas idénticas físicamente. No hay dos personas que tengan exactamente las mismas características en su personalidad. De la misma manera, no hay dos naturalezas pecadoras que sean exactamente iguales.

Cada creyente tiene sus propios enemigos. El pecado que a mí me atrapa, esa área de debilidad o fuerza que me impida confiar en Dios, quizá no sea ningún problema para otro. No podemos compararnos con ninguna otra persona.

Notemos que el autor no nos dice que nos despojemos de lo que enreda a otros. Cada uno de nosotros es responsable de correr su propia carrera. En el instante en que empezamos a preocuparnos por la carrera de otros, nos estamos saliendo de nuestro carril. Podemos aplaudir a otros para que sigan adelante, podemos alentarles, pero si nos detenemos para criticar o juzgar o para dar nuestra opinión acerca de la técnica que están usando para correr, nos metemos en problemas.

Dios no nos pide cuentas de los otros que corren. Sí nos pide cuentas de cómo corremos nosotros. Nuestra responsabilidad es comprendernos a nosotros mismos, reconocer las cosas que nos frenan o nos enredan y descartarlas para que no nos impidan terminar nuestra carrera (Ef. 4:22,23). La única manera de hacer a un lado nuestros pecados enredadores es por medio de la confesión y el crecimiento espiritual.

...y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. (Heb. 12:1-3)

La palabra "paciencia" es hupomone, y significa literalmente, "morar debajo". El autor nos está diciendo que a pesar de nuestro dolor, debemos seguir adelante. Debemos seguir corriendo con persistencia. Cada uno de nosotros enfrenta distintos obstáculos. Siempre existirán las ocasiones cuando nos sentimos tentados a abandonar la carrera. Especialmente después que caemos, es mucho más fácil darnos por vencidos, que volver a levantarnos otra vez y empezar a correr. Pero no nos demos por vencidos. Quedémonos bajo la presión, no tratemos de escapar de ella.

El autor de este libro no está únicamente ordenando a los hebreos que sigan corriendo. Usando lo que se conoce como el subjuntivo exhortativo, les alentaba a que se sumaran a él. "Corramos nosotros. Yo corro, tú ven conmigo. Corramos como un equipo. Tendremos que correr cada uno en nuestro propio carril, pero podemos correr juntos. Los dos corremos hacia el mismo lugar."

La expresión "que tenemos por delante" viene de prokeimai, una palabra que significa "ordenado o establecido de antemano". Cada carrera es hecha a medida. No nos es dado elegir nuestra carrera, eso lo hace Dios. El nos da nuestra posición y nuestro destino. Lo que El elige puede no ser lo que hubiéramos escogido nosotros, pero aquello a lo cual Dios nos llama es lo único, sí, lo único que nos puede satisfacer y darnos vida abundante.

Aunque la carrera que debemos correr está determinada de antemano, tenemos opciones. Elegimos si hemos de correr o no. Elegimos cómo correr. Elegimos si hemos de perseverar y seguir adelante para encontrar la voluntad de Dios para nuestra vida.

Toda carrera consta de tres partes: el comienzo, la carrera en sí y el final. En una carrera larga, el comienzo y el final son las partes más fáciles. Al principio siempre hay mucho entusiasmo.

 

 

La Voluntad de Dios

¿Cómo podemos saber la voluntad de Dios para nuestra vida? Primero tenemos que entender lo que esa voluntad incluye. La voluntad de Dios para la vida de cada creyente tiene tres dimensiones: el qué, el dónde y el porqué.

1.   La voluntad operativa de Dios es el "qué". Dios tiene algo que quiere que hagamos con nuestra vida; tiene una tarea específica para cada creyente (MAR 13:33-37), un ministerio definido por nuestro don espiritual (1 Cor. 12:4-7). Una de las maneras que Dios usa para decirnos lo que quiere que hagamos con nuestra vida es decirnos lo que quiere que hagamos con nuestros días y nuestras horas. María dijo a los siervos en las bodas de Caná: "Haced todo lo que os dijere" (Juan 2:5). Si no hubieran hecho exactamente lo que les mandó, no hubiera ocurrido un milagro ni ninguna producción divina por medio de ellos. Nuestra tarea es hacer lo que El nos dice en ese preciso instante,

2.   La voluntad geográfica de Dios es el "dónde". Dios tiene un lugar donde quiere que estemos. Ese es el lugar donde suplirá todas nuestras necesidades. Si estamos en el lugar equivocado no tendremos su provisión. Dios le dijo a Elias que fuera al arroyo de Querit: "He mandado a los cuervos que te den allí de comer" (1 Rey, 17:4). Los cuervos le traían alimento todas las mañanas y todas las tardes a Querit. Si Elías hubiera estado en algún otro lugar, no hubiera tenido la provisión de Dios.

3.   La voluntad motivadora de Dios es el "porqué". Dios no se ocupa únicamente de lo que hacemos y dónde lo hacemos, sino también el porqué lo hacemos y con qué recursos lo hacemos. En Mateo 6, el Señor tuvo palabras duras para hombres que oran, que ayunan y que dan limosnas. No estaba en contra de sus acciones, pero sí estaba muy en contra de los motivos que los impulsaban. En Hebreos 11:6 se nos dice que sin fe es imposible agradar a Dios. Nada de lo que hacemos, aun dentro de la voluntad de Dios, es aceptable sí lo hacemos sin la fe en El.

Para estar "dentro de la voluntad de Dios" tenemos que estar haciendo lo correcto en el lugar correcto y por la razón correcta. Para descubrir la voluntad de Dios para nuestra vida como individuos, la voluntad no declarada o no escrita de Dios, tenemos que aceptar la voluntad declarada y escrita de Dios. Nunca hallaremos la voluntad de Dios no declarada hasta que empecemos a obedecer la voluntad declarada. ¿Y cuál es su voluntad declarada? Siete cosas sabemos con certeza que Dios quiere que hagamos:

Que seamos salvos (2 Pedro 3:9)
Que seamos santificados (1 Tes. 4:3)
Que seamos llenos del Espíritu (Ef. 5:18)
Que seamos agradecidos (1 Tes. 5:18)
Que nos contentemos (Fil. 4:11-13)
Que suframos (1 Ped. 3:17)
Que sirvamos (ROM 12:1,2; 2 Cor. 5:15)

A todo el mundo le fluye la adrenalina y siempre es fácil comenzar a correr al sonido de la pistola. Al final de la carrera, la multitud vitorea, y aunque los corredores estén exhaustos, cobran ánimo al saber que han logrado algo, han llegado a su meta.

Con frecuencia lo más difícil es el trayecto de la carrera, especialmente en una carrera de resistencia. Es a mitad del camino que la mente del corredor comienza a distraerse. Empieza a perder su enfoque, a perder su motivación. Es fácil olvidar lo importante que es esta parte específica de la carrera.

La carrera de resistencia se parece mucho a la vida cristiana. La primera etapa, el comienzo, es la salvación. En un segundo, con un simple acto de fe, nacemos en la familia de Dios (2 Cor. 5:21). Aquella fue nuestra primera mirada auténtica a los ojos de Jesucristo, la señal del comienzo de la carrera para nosotros.

La tercera etapa de la carrera, el final, es la muerte o el arrebatamiento. Esto también sucede en un abrir y cerrar de ojos. Romperemos la cinta y caeremos en los brazos de Jesucristo en ese final.

La segunda etapa, la carrera, el trayecto, es el crecimiento espiritual. Es la parte más difícil. Es un proceso, y todo proceso lleva tiempo.

Cuando comenzamos nuestro andar en la vida cristiana, tenemos el entusiasmo del comienzo, el desafío, el anhelo de contar a otros cómo pueden tener vida eterna. Todavía tenemos la inocencia de creer que todos quieren oir de Jesucristo. Pero cuando llegamos a la mitad de la carrera, empezamos a sentir el dolor, la presión, la oposición. La carrera se hace difícil. No siempre sentimos el entusiasmo, el desafío, la emoción. Empezamos a enfrentar la dificultad de mantenernos enfocados en nuestra carrera.

En un campo en forma de herradura, la línea que marca el final, parece más lejos justo cuando el corredor se va acercando a la mitad de la carrera, en la curva. En la vida cristiana, Jesús muchas veces parece estar más lejos a la mitad de la carrera. En realidad así como El estaba al principio, está a la mitad y al final. Pero deja que nuestra vista se empañe porque quiere que aprendamos a correr por fe.

"Puestos los ojos en Jesús" es la única manera que podemos perseverar. A menos que miremos hacia la línea que marca el final no llegaremos. Conformarnos a Jesús es la meta de nuestra carrera.

La expresión "puestos los ojos en Jesús" viene de dos palabras, apo, que significa "apartado de" y horao, "ver una vista panorámica". El compuesto, ajoráo, nos dice que apartemos nuestra mirada de todo lo que hay en el horizonte y que concentremos nuestra vista en una sola cosa.

En las competencias deportivas griegas siempre se realizaban varias competencias a la vez. Mientras los corredores corrían por la pista, el centro del campo vibraba con otros tipos de competencias. El corredor que tratara de criticar al lanzador de jabalina no tendría mucha probabilidad de ganar la carrera. El lanzador distraído por mirar a los corredores, podía matar a alguien con un tiro mal lanzado. El atleta griego, si quería ganar, tenía que ajoráo. Tenía que cerrar sus ojos a las distracciones y fijar su mirada en una sola cosa: la meta de su propia competencia.

Nuestra meta es conformarnos a Jesucristo. Tenemos que fijar nuestra vista en El. Recordamos Su valentía, Su preparación, Su disciplina. Recordamos cómo, desde Su nacimiento virginal en todo Su trayecto hasta llegar a la cruz, el Señor Jesucristo tuvo lo único que hace posible correr la carrera: enfoque. Tenía Sus ojos enfocados en Su meta y por ello pudo vencer los obstáculos y soportar la oposición. Pudo terminar Su carrera no por correr solamente, sino por correr con un propósito. Veía el gozo en el futuro. Tenía Sus ojos puestos en la celebración, el banquete de victoria que vendría. El es la Celebridad, el Héroe que ya ha ganado la medalla de oro y ha regresado para enseñarnos y para capacitarnos para seguir adelante. Es el Autor y Consumador. Fue el primero en correr la carrera y ahora, paso a paso, corre nuestra carrera con nosotros. (HEB 13:5, 6). De la misma manera, que Su enfoque en Su objetivo le dio la fuerza y la valentía de perseverar, así nuestro enfoque en la persona de Jesucristo y nuestra celebración futura con El nos da la habilidad de correr nuestra carrera con perseverancia.

El peligro seguro al que nos enfrentamos es el de fijar nuestra mirada en otra cosa que no sea Jesucristo, así nos cansamos y desanimamos. Si renunciamos, nuestra carrera queda inconclusa y el plan de Dios para nuestra vida no se cumple. Qué horrible sería presentarnos ante Jesucristo y escucharle preguntar: "¿Qué más pudiera haber hecho por Ti?" Un día veremos, con total claridad, como vemos hoy por fe, que teníamos todo lo que necesitábamos para terminar nuestra carrera con éxito.

Todos alguna vez nos sentimos cansados y desalentados. Esto no es pecado. El pecado es renunciar. Cuando llegamos al punto en que sentimos que ya no podemos seguir, en ese momento tenemos que pensar en el ejemplo de Jesús y luego, poniendo un pie delante del otro, hemos de tomar un paso más.

Corred de tal manera que lo obtengáis [él premio]. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre... (1 Cor. 9:24-27)

"¡Corred!" Este es el mandato. Pablo, quien escribió esta carta a la distraída iglesia de Corinto, ahora está sentado en las gradas del estadio. Pero todavía alza su voz para decirnos por medio de las páginas de la Escritura, "¡¡¡CORRE!!! ¡Corre de tal manera que ganes!"

En 1 Corintios 9:19, Pablo dice que él se ha hecho esclavo para ganar a mayor número. Ganar es lo que tiene en mente. Pablo era un hombre libre, pero por su propia decisión se hizo esclavo de Jesucristo. Se gozaba en sus cadenas porque sabía que por medio de su servicio, ganaba a otros para Cristo e iba ganando la carrera en la cual él fue puesto.

"Lucha" es agonizomai; de la cual se deriva la palabra "agonía". Si queremos ganar, tenemos que agonizar. ¿De qué clase de agonía está hablando Pablo? Una agonía interior que viene de la lucha por lograr dominio propio. La frase "de todo se abstiene" es la traducción de una sola palabra griega, egkrateuomai, de kratos, que significa "gobierno o autoridad", y en, "dentro de". Nadie se convierte en un gran atleta mientras la única disciplina que sigue es la del entrenador. El gran atleta es el que desarrolla disciplina por sí mismo de manera que, esté presente o no el entrenador, nunca disminuye en su entrenamiento. Sólo este tipo de dominio propio puede impulsarlo a llegar al final de la carrera.

Si los atletas en competencias físicas pueden seguir adelante con una concentración tal hacia una meta perecedera, ¿cuánto más impulsados debiéramos sentirnos nosotros al correr hacia un premio eterno? Somos llamados a hacer una sola cosa: enfocarnos en el Señor Jesucristo. Al estudiar y meditar y aplicar la Palabra de Dios, que es la mente de Cristo, estaremos avanzando hacia la meta.

Todo lo que hay en el cosmos se ha propuesto distraernos de ese enfoque. Cada uno de nosotros elige por sí mismo si ha de ceder a las distracciones y a los enredos, o si proseguirá hacia adelante para terminar la carrera con honor.

 

La Carrera de la Vida

1. La carrera de la vida es motivo de gozo para el que se ha hecho fuerte, que se ha entrenado. Al hombre fuerte le encanta el desafío de la carrera (Sal. 19:5). La vida cristiana es placentera cuando seguimos un programa de entrenamiento.

2. La resistencia para correr la carrera viene del estudio persistente de la Palabra de Dios. La fidelidad en el estudio ensanchará nuestro corazón (Sal. 119:32). No podemos ser persistentes en la aplicación si no lo somos en el estudio.

3. Para no tropezar, tenemos que quedarnos en nuestro propio carril, tenemos que prestar atención al camino que tenemos por delante (Prov. 4:12).

4. La única manera de desarrollar paciencia es desarrollar fe (ISA 40:31). La palabra "esperan" en Isaías 40:31 es qavá, la palabra hebrea más fuerte que significa fe. Cuando tenemos este tipo de fe, llegamos al punto donde constantemente cambiamos nuestra fuerza por la de Dios, pero esto no sucede sino hasta que hayamos pasado por la fe amén (fe que se apoya), bataj, (fe que lucha), jasá (fe que se refugia), y yajal (fe que cura).

5. Nuestros fracasos en las pequeñas cosas nos indican que con urgencia necesitamos  hacernos fuertes o fracasaremos en las grandes cosas (Jer. 12:5).

6. La desobediencia estorba nuestro correr (Gál. 5:7).

7. El objeto de la carrera es ganar (1 Cor. 9:24). No estamos compitiendo con otros; competimos con nosotros mismos. Cada uno de nosotros tiene que hacerse responsable por su propia carrera, una carrera que un Dios omnisciente ha hecho a nuestra medida. El ha provisto todo lo que necesitamos para ganar.


 

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